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EL ARTE DE AMARGARSE LA VIDA

PAUL WATZLAWIK ( libro completo)

TRADUCCIÓN DE XAVIER MOLL

Título de la edición original: Anltitung zum {‘nglückikbsetn Traducción del alemán: Xavier Molí
Diseño: \orbert Denke! Ilustración: Fernando Krahn {Cranologu, Edition C, Zürich).
Circulo de Lectores, S.A.
Valencia 344, 08009 Barcelona
13 5 7 9 9 8 0 3 8 6 4 2
Licencia editorial para Círculo de Lectores
por cortesía de Editorial Herder, S. A.
Kstá prohibida la venta de este libro a personas que no
pertenezcan a Círculo de Lectores.
C& 1983, Paul Watzlawick © 1984, Editorial Herder, S.A., Barcelona
Depósito legal: B. 7469-1989 h’otocomposición: gama, sa, Barcelona
Impresión y encuademación: Pnnter industria gráfica, s.a.
W II, Cuatro caminos s/n, 08620 Sant Vicenc deis Horts.
Barcelona, 1989. Printed in Spain
ISBN 84-226-2773-6

ÍNDICE
Nota del editor 13
Prólogo15
Introducción19
Sobre todo esto: sé fiel a ti mismo 27
Cuatro ejercicios con el pasado 31
1. La sublimación del pasado 31
2. La mujer de Lot 33
3. El vaso de cerveza fatal 33
4. La llave perdida o «más de lo mismo» 36
Rusos y americanos 41
La historia del martillo 47
Los guisantes en la mano 57
El hombre que espantaba elefantes 61
Autocumplimiento de las profecías 67
Cuidado con la llegada 73
Si me amases de veras, comerías ajo de buen agrado 81
«Sé espontáneo» 95
Si alguien me quiere, no está en su cabal juicio 103
«El hombre debe ser noble, dispuesto a ayudar y bondadoso»111
Esos extranjeros mentecatos 121
La vida como juego 127
Epílogo 133
Índice bibliográfico

NOTA DEL EDITOR ORIGINAL
El nuevo libro de Paul Watzlawick se puede leer medio en broma y medio en serio. Es posible que el lector encuentre en este libro algo de sí mismo, a saber, su propio estilo de convertir lo cotidiano en insoportable y lo trivial en desmesurado.
Además, aun cuando el autor no lo confiese en ninguna parte, este libro constituye una única y extensa «prescripción sintomática», un doble vínculo terapéutico muy al estilo del denomi­nado «Grupo de Palo Alto». El psicoterapeuta o asistente seguramente sabrán leer entre las líneas de estas páginas maliciosas mucho material que tiene un significado directo para el diálogo tera­péutico: metáforas, viñetas, chistes, anécdotas socarronas y otras formas de hablar del «hemis­ferio derecho», que son infinitamente más efica­ces que las interpretaciones solemnes y graves de las actitudes erróneas de los humanos.

PRÓLOGO
En el corazón de Europa hubo una vez un gran imperio. Lo formaban tantas y tan diversas culturas, que no siempre podía alcanzarse una solu­ción razonable para un problema cualquiera y el absurdo resultaba ser el único camino viable de la vida. Sus habitantes -los austrohúngaros, como el lector ya habrá sospechado- llegaron a ser proverbiales, no por su inhabilidad en en­frentarse de un modo razonable con los proble­mas más simples, sino por su habilidad en con­seguir lo imposible de algún modo casi por descuido. Inglaterra, como dice un proverbio, siempre pierde la batalla menos la única deci­siva; Austria siempre pierde la batalla menos la única desesperanza. (No es de extrañar que desde entonces la máxima condecoración militar se reserve para oficiales que arrebatan la victoria de las garras de una derrota con alguna acción que está en crasa contradicción con el plan ge­neral de batalla.)
El gran imperio se ha convertido en una pe­queña región, pero el absurdo ha quedado en el concepto de vida de sus habitantes, y el autor de estas páginas no es ninguna excepción. Para ellos, la situación es desesperada, pero no seria.

INTRODUCCIÓN
«¿Qué puede esperarse de un hombre? Cólmelo usted de todos los bienes de la tierra, sumérjalo en la felicidad hasta el cuello, hasta encima de su cabeza, de forma que a la superficie de su dicha, como en el nivel del agua, suban las burbujas, déle unos ingresos que no tenga más que dormir, ingerir pasteles y mirar por la permanencia de la especie humana; a pesar de todo, este mismo hombre de puro desagradecido, por simple des­caro, le jugará a usted en el acto una mala pasada. A lo mejor comprometerá los mismos pasteles y llegará a desear que le sobrevenga el mal más disparatado, la estupidez más antieconómica, sólo para poner a esta situación totalmente razonable su propio elemento fantástico de mal agüero. Justamente, sus ideas fantásticas, su estupidez trivial, es lo que querrá conservar…»
Estas palabras proceden de la pluma de un hombre, que Friedrich Nietzsche consideraba el más grande de los psicólogos de todos los tiem­pos: Feodor Mijailovich Dostoievski. En realidad sólo dicen, bien que en un tono más elocuente, lo que la sabiduría popular sabe desde siempre: no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos.
Ya es hora de acabar con los milenarios cuentos de viejas que presentan la felicidad, la dicha, la buena fortuna como objetivos apetecibles. Demasiado tiempo se ha tratado de convencernos -y lo hemos creído de buena gana- de que la búsqueda de la felicidad al fin nos deparará felicidad.
Lo gracioso del caso es que el concepto de felicidad ni siquiera puede definirse. Así, por ejemplo, en septiembre de 1972, los oyentes de la serie séptima de la emisión de noche de radio Hessen fueron testigos de la discusión, sorprendente sin duda, sobre el tema «¿qué es felicidad» (11)1 (Los números que van entre paréntesis remiten al índice bibliográfico al final del libro.), en la que cuatro representantes de distintas ideologías y disciplinas no lograron ponerse de acuerdo sobre el significado de este concepto aparente­mente tan claro, a pesar de los esfuerzos de un moderador sumamente razonable (y paciente).
En realidad, no deberíamos sorprendernos de ello. «¿En qué consiste la felicidad? Sobre esta cuestión, las opiniones siempre fueron dispares», leemos en un ensayo del filósofo Robert Spaemann sobre la vida feliz (22): «289 parece­res contó Terencio Varrón, y Agustín abunda en este sentido. Todos los hombres quieren ser felices, dice Aristóteles.» Y luego Spaemann se refiere a la sabiduría de una historia judía, que narra de un hijo que manifiesta a su padre su deseo de casarse con la señorita Katz. «El padre se opone, porque la señorita Katz no aporta nada. El hijo replica que sólo será feliz si se casa con la señorita Katz. El padre le dice: “Ser feliz, ¿y de qué te servirá esto?”»
La literatura universal ya debería habernos inspirado desconfianza. Desgracias, tragedias, catástrofes, crímenes, pecados, delirios, peligros, éstos son los temas de las grandes creaciones. El Infierno de Dante es incomparablemente más genial que su Paraíso; lo mismo puede decirse del Paraíso perdido de Milton, a su lado, el Paraíso reconquistado es francamente soso; la caída de Jedermann (Hofmannsthal) arrastra, en cambio, los angelitos que al fin le salvan, causan un efecto ridículo; la primera parte de Fausto con­mueve hasta las lágrimas, la segunda hasta el bostezo.
No nos hagamos ilusiones: ¿qué seríamos o dónde estaríamos sin nuestro infortunio? Lo necesitamos a rabiar, en el sentido más propio de esta palabra.
Nuestros primos de sangre caliente en el reino animal no tienen más suerte que nosotros; basta ver los efectos monstruosos de la vida en el zoológico: aquellas soberbias criaturas son protegidas contra el hambre, el peligro, la enfermedad (incluso con­tra la caries dental) y se las convierte en el equiva­lente a los neuróticos y psicóticos humanos.
Nuestro mundo en peligro de anegarse en una inundación de recetas para ser feliz, no puede esperar más tiempo a que le echemos un cable de salvación. No puede permanecer más tiempo la competencia en estos mecanismos y procesos bajo el dominio celosamente custodiado de la psiquiatría y psicología.
El número de los que se las arreglan con su propia desdicha como mejor saben y pueden, quizás parezca relativamente considerable. Pero es infinitamente mayor el número de los que en este menester precisan consejo y ayuda. A ellos se dedican las páginas siguientes a modo de manual de iniciación.
Hay que añadir que a este propósito altruista le corresponde un significado político. Como los directores de un zoológico en dimensiones reducidas, en grandes dimensiones, los Estados también se han impuesto la tarea de configurar la vida de los ciudadanos de modo que ésta, desde la cuna hasta la tumba, sea segura y chorreante de felici­dad. Pero esto sólo es posible mediante una educación sistemática del ciudadano que le haga in­competente en la sociedad. Por esta razón, en todo el mundo occidental, los gastos públicos para política sanitaria y social aumentan de año en año en proporción siempre mayor. Como se­ñaló Thayer (23), entre 1968 y 1970, estos gastos se dispararon en los EE.UU. en un 34 %, de 11 a 14 mil millones de dólares. De las estadísticas más recientes de la República Federal de Alema­nia se desprende que sólo los gastos públicos para la salud ascienden cada día a 450 millones de marcos, lo que supone un aumento treinta veces mayor respecto de 1950. En este mismo país hay diez millones de enfermos y el ciudadano normal toma a lo largo de su vida 36 000 comprimidos. Imaginémonos por un momento qué pasaría si este curso ascendente se detuviese o retrocediese. Se derrumbarían ministerios gigantescos, sectores enteros de la industria se declararían en quiebra y millones de hombres irían al paro.
El presente libro pretende aportar una pequeña contribución, pero consciente y responsable, para que se evite esta catástrofe.
El Estado necesita con tanto empeño que el desamparo y la desdicha de su población aumente de continuo, que esta tarea no puede confiarse a los ensayos bien intencionados de unos ciudadanos aficionados. Como en todos los sectores de la vida moderna, también aquí se precisa una dirección pública. Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende, no basta tener alguna experiencia personal con un par de contratiempos.
Los datos pertinentes y las informaciones apro­vechables de la bibliografía especializada, es de­cir, principalmente obras de psiquiatría y psicología, son escasos y la mayoría de las veces involuntarios. Por lo que sé, muy pocos colegas míos se han atrevido a tratar este tema espinoso. Son excepciones honrosas los francocanadienses Rodolphe y Luc Morisette, Petit manuel de guérilla matrimoniale (12); Guglielmo Gulotta, Commedte e drammi nel matrimonio (7); Ronald Laing, Knots (9), y Mará Selvini, II mago smagato (20). En esta úl­tima obra, la famosa psquiatra demuestra que el sistema de educación escolar necesita que sus psi­cólogos fracasen, para poder seguir haciendo lo mismo de siempre. Merecen una mención muy especial los libros de mi amigo Dan Greenburg, How to be a Jewish Mother (5) y How to Make Yourself Miserable (6), obra importante que la crí­tica celebró como investigación audaz «que ha hecho posible que centenares de miles de hom­bres arrastren de veras una vida vacía». Y last but not least, hay que mencionar a los tres represen­tantes más insignes de la escuela británica: Stephen Potter con sus estudios sobre «Upmanship» (17); Laurence Peter, el descubridor del principio «Peter» (16), y finalmente el autor, conocido en todo el mundo, de la ley que lleva su nombre: Northcote Parkinson (14, 15).
La novedad del presente libro sobre estos estudios excelentes está en su deseo de presentar una introducción metódica, fundamental y basada en una experiencia clínica de decenas de años, a los mecanismos más útiles y seguros de la vida amargada. Sin embargo, mis explicaciones no han de ser consideradas como exhaustivas y completas, sino únicamente como iniciación o guía que facilite a mis lectores más dotados el desarrollo de un estilo propio.

SOBRE TODO ESTO:
SÉ FIEL A TI MISMO…
Esta regla de oro procede de Polonio, el escudero de Hamlet. Para nuestro propósito, el caso viene como anillo al dedo, pues precisamente Polonio, por ser fiel a sí mismo, consigue al fin que Hamlet le atraviese «como una rata» en su escondite detrás de un biombo. Al parecer, en el Estado de Dinamarca todavía no estaba en vigor la regla de oro de que «quien escucha, su mal oye».
Quizás alguien objete que en este caso la em­presa de amargarse la vida se llevó demasiado lejos. Pero, por supuesto, tenemos que conceder a Shakespeare alguna libertad poética. Ello no desvirtúa el principio.
Seguramente nadie pondrá en duda que se puede vivir en conflicto con el medio ambiente y particularmente con el prójimo. También es de todos conocido, pero mucho más difícil de com­prender y por lo mismo de perfeccionar, que uno pueda generar la desdicha en el retiro total de su propia cabeza. Es fácil que uno reproche falta de cariño a su consorte, que suponga malas intencio­nes en el jefe y que haga al tiempo atmosférico responsable de un constipado, pero ¿llegaremos a conseguir convertirnos en nuestros propios contrarios de la lucha diaria?
Las puertas de acceso a la vida desdichada lle­van unas indicaciones áureas. Formularon estas indicaciones el sentido común, sin duda, el alma sana del pueblo o hasta el instinto por lo que acaece en lo profundo. Pero, al fin y al cabo, el nombre que se dé a esta habilidad admirable es muy secundario. Se trata fundamentalmente de la convicción de que no hay más que una sola opinión correcta: la propia. Una vez que se ha lle­gado a esta convicción, muy pronto se tiene que comprobar que el mundo va de mal en peor. En este punto se distinguen los profesionales de los aficionados. Estos últimos llegan a lograr encogerse de hombros y resignarse. En cambio, el que es fiel a sí mismo y a sus principios áureos, no está dispuesto a ningún compromiso barato. Puesto a escoger entre ser y deber, disyuntiva importante que ya se trata en los Upanishads, se decide sin ti­tubeos por lo que el mundo debe ser y rechaza lo que es. Como capitán de navío de su vida, que hasta las ratas ya han abandonado, navega imperturbable hacia la noche borrascosa. Bien mirado, es una lástima que en su repertorio falte seguramente un principio áureo de los antiguos roma­nos: Ducunt fata voientem, nolentem trabunt, el destino conduce al dócil, arrastra al desazonado.
Está desazonado, y por cierto de un modo muy especial. Esto es, en él la desazón, en resumidas cuentas, se ha vuelto su objetivo absoluto. En el esfuerzo por permanecer fiel a sí mismo, se con­vierte en un espíritu de contradicción. No contra­decir ya sería traicionarse. El simple hecho de que los otros le sugieran algo, ya es motivo pa­ra que él lo rechace, incluso cuando, mirando ob­jetivamente, aceptarlo sería de su propio interés. (Como se sabe, dice un aforismo notable que la madurez es la capacidad de hacer lo que está bien, aun cuando los padres lo recomiendan.)
Pero el genio auténtico da un paso más, y, con una consecuencia heroica, hasta rechaza lo que a él mismo parece ser la mejor elección, esto es, rechaza las recomendaciones que se hace a sí mismo. Así, el pez no sólo se muerde la cola, sino que se devora del todo. El resultado, en fin, es un estado de desdicha que no tiene rival.
Naturalmente, a mis lectores menos dotados sólo puedo proponer este estado como ideal sublime, pero inalcanzable para ellos.

CUATRO EJERCICIOS CON EL PASADO
Según dicen, el tiempo sana las heridas y los sufrimientos. Puede que sea cierto, pero no importa que nos alarmemos. Pues es perfectamente posi­ble escudarse contra esta influencia del tiempo y convertir el pasado en una fuente de amarguras. Al menos cuatro mecanismos ya conocidos de antiguo están a nuestra disposición.
1. La sublimación del pasado
Con alguna habilidad, hasta el principiante puede también conseguir ver el pasado a través de un filtro que sólo deje pasar con luz transfigurada lo bueno y bello. Sólo cuando este truco no funciona, se recuerdan con realismo vigoroso los años de la pubertad (ni hablar que también los de la niñez) como época de inseguridad, de dolor universal y de angustia de futuro, y no se echa de menos ni uno solo de sus días. En cambio, el aspi­rante a la vida amarga que esté más dotado, no tendrá seguramente mayor dificultad en ver su ju­ventud como edad de oro perdida para siempre y en constituirse de este modo una reserva inagota­ble de aflicción.
Naturalmente, la edad de oro de la juventud no es más que un ejemplo. Otro ejemplo podría ser el dolor intenso por la rotura de una relación amo­rosa. Resista usted a lo que le insinúen su razón, su memoria y sus amigos bien intencionados que quieren meterle en su cabeza que dicha relación ya hacía tiempo que estaba quebrada sin remedio, y que usted mismo se preguntaba con frecuencia a regañadientes cómo lo haría para salirse de aquel infierno. Simplemente, no les dé crédito a los que le dicen que la separación es con mucho un mal menor. Convénzase más bien por enésima vez de que un «nuevo arreglo» serio y sincero constituiría esta vez el éxito ideal. (Sin duda, no lo será.) Déjese guiar, además, por la siguiente re­flexión eminentemente lógica: si la pérdida del ser querido es tan infernalmente dolorosa, qué delicia celestial no será el nuevo encuentro. Apár­tese de todos sus amigos, quédese en casa junto al teléfono, a fin de que, si sonara su hora afortu­nada, esté usted disponible de inmediato y del todo.
En caso de que la espera se le haga larga en ex­ceso, entonces la experiencia humana de tiempos inmemoriables aconseja trabar una nueva amistad que sea idéntica a la anterior en todos sus detalles (por distinta que ésta al principio le parezca).
2. La mujer de Lot
Otra ventaja de aferrarse al pasado está en que no deja tiempo de ocuparse del presente. Si esto se hiciese, podría suceder muy bien que uno, por pura casualidad, en un viraje de 90 o hasta 180 grados de su ángulo visual, tuviese que compro­bar que el presente no sólo le ofrece contrariedades suplementarias, sino también alguna que otra contra-contrariedad; no hablemos de muchas no­vedades que podrían hacer tambalear nuestro pesimismo adoptado una vez para siempre. En este punto, contemplamos con admiración a nuestra maestra ejemplar de la Biblia, la mujer de Lot —usted lo recuerda, ¿verdad?—. El ángel dijo a Lot y a su familia: «Escapa, por tu vida. No mires atrás, ni te detengas en toda la llanura…» Pero su mujer «miró atrás y se convirtió en estatua de sal» (Gen. 19, 17.26).
3. El vaso de cerveza fatal
Un maestro antiguo del cine cómico americano, W. G. Fields, enseña en su película, The Fatal Glass of Beer, la ruina espantosa e inevitable de un joven que no puede resistir ante la tentación de beber su primer vaso de cerveza. El dedo levan­tado en señal de advertencia (si bien una risa reprimida lo hace temblar) no puede pasar inadvertido: el hecho es breve, el arrepentimiento largo. ¡Y tan largo! (Piénsese en nuestra primera madre de la Biblia: Eva, y el bocado de manzana…)
Esta fatalidad tiene sus ventajas innegables que hasta ahora, en nuestra época iluminada, se silenciaron vergonzosamente, pero que ya no se pue­den ocultar por más tiempo: arrepentimiento va, arrepentimiento viene. Para nuestro tema es mucho más importante el hecho de que, si las consecuencias irreparables del primer vaso de cerveza no disculpan los vasos que siguen, sí los determinan. Dicho de otro modo: muy bien, uno carga con la culpa, entonces debiera uno haberlo sabido mejor, pero ahora ya es demasiado tarde. Se pecó entonces, ahora se es víctima del propio paso dado en falso. Naturalmente, esta forma de construcción de desdicha no es la ideal, puede pasar.
Intentemos, pues, afinarla. ¿Qué pasa en el caso de que no haya habido participación alguna de parte nuestra en el suceso original?, ¿en el ca­so de que nadie pueda acusarnos de cooperación? Sin duda, entonces somos puras víctimas. ¡Y que intente alguien sacudirnos de nuestro status de víctima o esperar que adoptemos medidas en contra! Lo que nos hayan podido causar Dios, el mundo, el destino, la naturaleza, los cromosomas y las hormonas, la sociedad, los padres, los parientes o, sobre todo, los amigos, es tan grave que la simple insinuación de que quizás podría­mos intentar poner algún remedio a la situación, ya sería una ofensa. Y por si fuera poco, desprovista de todo rigor científico. Cualquier manual de psicología nos abre los ojos, para que nos per­catemos de que la personalidad ya viene deter­minada por unos factores del pasado, principal­mente situados en la más tierna infancia. Y hasta los niños saben que los sucesos, una vez hechos, ya no se pueden deshacer nunca más. De aquí -dicho sea de paso- la enorme seriedad (y duración) de los tratamientos psicológicos especializados. ¿Adonde iríamos a parar, si fuera en aumento el número de los convencidos de que su situación es desesperada, pero no seria? Basta mirar la advertencia ejemplar que nos ofrece Austria al mantener como himno nacio­nal la canción placentera que la oficialidad in­siste en negar: «O du lieber Augustin, alies ist hin» (Agustín querido, todo está perdido).
Si alguna que otra vez -no es fácil que pase-, el mismo curso independiente de las cosas com­pensa, sin intervención nuestra, por el trauma o fallo del pasado y nos da gratuitamente lo que de­seamos, el experto en el arte de amargarse la vida no se desalienta ni mucho menos. La fórmula «ahora ya es demasiado tarde, ahora ya no quiero», le permite permanecer inaccesible en su torre de marfil de indignación y evitar así que, lamiéndose las heridas infligidas en el pasado, éstas vayan a curar.
Pero el non plus ultra, que naturalmente es cosa de genios, consiste en responsabilizar el pasado incluso del bien, y sacar de ahí un capital a cuen­ta de la desdicha presente. Un ejemplo insupera­ble de esta variante del tema es la sentencia, que ha pasado a la historia, de un marinero veneciano después que marcharon los Habsburgo de Venecia: «¡Malditos austríacos que nos han enseñado a comer tres veces al día!»
4. La llave perdida o «más de lo mismo»
Un borracho está buscando con afán bajo un fa­rol. Se acerca un policía y le pregunta qué ha perdido. El hombre responde: «Mi llave.» Ahora son dos los que buscan. Al fin, el policía pregunta al hombre si está seguro de haber perdido la llave precisamente aquí. Éste responde: «No, aquí no, sino allí detrás, pero allí está demasiado oscuro.»
¿Le parece a usted absurda la historieta? Si es así, busque usted también fuera de lugar. La ven­taja de una tal búsqueda está en que no conduce a nada, si no es a más de lo mismo, es decir, nada.
En estas pocas y simples palabras, más de lo mismo, se esconde una de las recetas de catástrofes más eficaces que jamás se hayan formado sobre nuestro planeta en el curso de millones de años y que han llevado especies enteras de seres vivientes a la extinción. Se trata de un ejercicio con el pasado que ya conocieron nuestros antepasados en el reino animal antes del sexto día de la creación.
A diferencia del mecanismo anterior que atribuye la causa y la culpa a la fuerza mayor de unos sucesos pasados, este ejercicio cuarto se basa en el aferrarse tercamente a unas adaptaciones o soluciones que alguna vez fueron suficientes, eficaces o quizás las únicas posibles. El problema de toda adaptación a unas circunstancias determinadas no es otro que éstas cambian. Entonces es cuando empieza el ejercicio. Está claro que ningún ser viviente puede comportarse con desorden -es de­cir, hoy así y mañana de un modo totalmente dis­tinto- en su medio ambiente. La necesidad vital de adaptarse conduce inevitablemente a la formación de unos modelos de conducta que tienen como objetivo conseguir una supervivencia lo más eficaz y libre de dolor posible. Pero, en cambio, por unos motivos todavía enigmáticos a los mismos investigadores de la conducta, animales y hombres tienden a conservar estas adaptaciones óptimas en unas circunstancias dadas, como si fueran las únicas posibles para siempre. Ello acarrea una obcecación doble: primero, que con el paso del tiempo la adaptación referida deja de ser la mejor posible, y segundo, que junto a ella siempre hubo toda una serie de soluciones distintas, o al menos ahora las hay. Esta doble obcecación tiene dos consecuencias: primera, convierte la so­lución intentada en progresivamente más difícil; y segunda, lleva el peso creciente del mal a la única consecuencia lógica aparentemente posible, esto es, a la convicción de no haber hecho todavía bastante para la solución del mal. Es decir, se aplica más cantidad de la misma «solución» y se cosecha precisamente más cantidad de la misma miseria.
La importancia de este mecanismo para nuestro propósito es evidente. Sin necesidad de recursos especializados, el principiante puede aplicarlo; en realidad está tan difundido que ya desde los días de Freud va ofreciendo buenos ingresos a generaciones de especialistas; de todos modos queremos observar, de paso, que ellos no lo llaman «receta del más de lo mismo», sino neurosis. Pero lo importante no es el nombre, sino el efecto. Éste está garantizado, mientras el aspirante a la vida desdichada se atienda a dos normas sencillas: primera, no hay más que una sola, posible, permitida, razonable y lógica solución del problema, y si estos esfuerzos no consiguen el éxito, ello sólo indica que uno no se ha esforzado bastante. Segunda norma, el supuesto mismo de que sólo hay una solución no puede ponerse nunca en duda; sólo está permitido ir tanteando en la aplicación de este supuesto fundamental.

RUSOS Y AMERICANOS
Acaso usted se haya preguntado: pero ¿quién iba a comportarse de un modo tan absurdo como en el ejemplo del hombre que perdió la llave? Sabe perfectamente y hasta lo dice al policía, que lo que busca no está en el lugar donde busca. De acuerdo que sea más difícil buscar en la oscuridad (del pasado) que hallar bajo la bombilla encen­dida (del presente), pero, fuera de esto, el chiste no dice gran cosa.
Muy bien lo ha dicho usted; y ahora dígame: ¿Por qué cree usted que en el chiste se dice que el hombre está borracho? Simplemente, porque el chiste, para meter el intríngulis del asunto, tiene que valerse de este pretexto fútil, para hacer más verosímil que en el hombre algo no funcione bien, que sepa y no sepa.
Reflexionemos sobre este algo. Fue la antropóloga Margaret Mead quien propuso la pregunta capciosa sobre cuál es la diferencia entre un ruso y un americano. El americano, decía ella, tiende a fingir dolor de cabeza para disculparse de una obligación social molesta sin llamar la atención; el ruso, en cambio, necesita tener realmente dolor de cabeza. Aquí, uno no puede más que repetir: ex oriente lux, pues usted concederá que la solución rusa es incomparablemente mejor y más ele­gante. Es verdad que el americano consigue lo que se propone, pero sabe que hace trampa. El ruso se queda en armonía con su conciencia. Tiene la capacidad de producir los motivos de disculpa que necesita sin saber cómo lo hace (y por lo mismo, sin ser responsable de ello). Por decirlo así, su mano derecha no sabe qué hace la izquierda.
En este terreno parece que cada generación produce sus especialistas eminentes; en general, éstos no salen de su anonimato; pero alguna vez que otra trascienden al conocimiento público. Así, por ejemplo, el menos dotado puede admirar en nuestros días dos ejemplares cuyo talento va­mos a esbozar brevemente.
El primero se trata de un tal Bobby Joe Keesee que, según United Press del 29.4.1975, está actualmente cumpliendo una condena de veinte años de prisión por secuestro y asesinato del vicecónsul americano en Hermosillo, México. Cuando los jueces, antes de leer la sentencia, le preguntaron si tenía algo que decir en defensa propia, respondió: «There is nothing more I could say. I got involved in something I realize vas wrong.» Este distanciamiento elegante del hecho difícil­mente puede traducirse. Una versión pasadera de la primera frase podría decir: «No tengo nada que añadir.» La segunda frase ya no es tan simple. «I got involved» puede tener un sentido intencionado o no intencionado, tanto puede significar «me vi envuelto en ello», como «me metí en ello». Pero en uno y otro caso, el busilis está en que el verbo que sigue se use en presente: «I realize», esto es, «algo que (ahora) sé que estaba mal». Con otras palabras: cuando llevó a cabo el crimen, no tenía ideas claras sobre el asunto.
Puede que todo esto no parezca especialmente digno de mención. El asunto se vuelve intere­sante cuando seguimos leyendo y nos enteramos de que Keesee en 1962 desertó del ejército de los EE.UU., secuestró un avión y se dirigió a Cuba. Por este motivo, cuando regresó, fue condenado a dos años de cárcel, a pesar de su afirmación de haberlo hecho por encargo de la CÍA. En 1970 se las arregló para estar entre un grupo de rehenes que unos guerrilleros palestinos tenían confina­dos en Ammán, y, para asombro de todos, en 1973 surgió de un grupo de presos americanos puestos en libertad por los vietnamitas.
El otro caso se refiere a Mike Maryn. Este Mike no es tan aventurero como Bobby, pero consigue meterse en líos con más frecuencia. Se­gún la reseña de un periódico del 28.7.1977 (10), hasta aquel momento había sido atracado 83 ve­ces y cuatro veces le habían robado el coche. Mike Maryn no es propietario de una joyería ni cartero distribuidor de giros postales. Sus agreso­res fueron jóvenes adolescentes, hombres madu­ros y algunas mujeres. Él mismo no tiene la más mínima idea de cómo pudo producirse todo «esto». La policía tampoco sabe explicarlo mejor, si no es que Mike Maryn «en el momento inopor­tuno se encuentra en el lugar inoportuno».
Usted pensará: interesante, pero todavía no sa­bemos cómo se consigue esto. Tenga usted, por favor, un momento de paciencia.

LA HISTORIA DEL MARTILLO
Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pe­dir al vecino que le pres